Hoy me miré al espejo y, por un momento, no me reconocí.
El cabello recogido a medias, las ojeras profundas, la blusa manchada de jugo.
Esa mujer ahí… era yo. Pero también era alguien más.
Alguien cansada. Alguien que se esfuerza por sostenerlo todo.
Ser madre ha sido lo más hermoso y también lo más difícil que me ha tocado vivir.
Hay momentos de luz pura, de risas que sanan y abrazos que salvan.
Pero también hay horas grises, silenciosas, donde una se siente pequeña. Invisible, a veces.
Siento que tengo que estar bien.
No solo por mí, sino por todos los que me rodean.
Tengo que sonreír para que mi hijo se sienta seguro.
Verme bien para que el mundo no piense que me dejé caer.
Ser amorosa, creativa, paciente, empática.
Ser pareja, ser profesional, ser mujer “empoderada”.
Y mientras intento serlo todo… me voy perdiendo.
Me exijo tanto para cumplir con todo lo que debería ser,
que me olvido de simplemente ser.
Hoy no me sentí guapa, ni fuerte, ni feliz.
Y me dolió admitirlo. Como si estuviera traicionando una idea que yo misma construí.
A veces siento que, si no cumplo con esa lista interminable de expectativas,
mi amor propio se encoge.
Se vuelve frágil.
Como una florecita que nadie recuerda regar.
Hoy solo quiero darme permiso.
De estar cansada.
De no rendir.
De no sonreír.
Quiero abrazarme sin condiciones.
Recordarme que yo también merezco cuidado.
Que mi valor no depende de todo lo que logro sostener.
Mañana, quizás, será un día mejor.
Por hoy, me abrazo desde aquí. Aunque sea con palabras.
Deja un comentario