Año Nuevo y yo un poquito mejor

Enero llega como ese cuaderno nuevo que huele a limpio. Dan ganas de subrayar todo con plumón de colores, usar stickers, escribir con buena letra. Es normal. Hay algo en los comienzos que seduce: parecen prometer que esta vez sí. Esta vez sí voy a meditar, tomar agua, dejar de reaccionar con ansiedad ante cada microcrisis global.

Pero si algo he aprendido como antropóloga es que los ciclos no comienzan porque el calendario lo diga, sino porque hay una necesidad simbólica que busca orden. Los humanos inventamos comienzos para sobrellevar el caos. No es casual que las culturas celebren cosechas, lunas nuevas o inicios de ciclo escolar. Necesitamos sentir que algo empieza para convencernos de que algo puede cambiar.

Y sin embargo… lo que empieza también se desgasta. El entusiasmo del 1º de enero rara vez sobrevive a febrero. La agenda nueva termina arrumbada y volvemos a ser los mismos de antes, solo que con culpa. Pero ¿y si no necesitamos reinventarnos por completo? ¿Y si los propósitos fueran menos castigo y más brújula?

Este año no quiero transformarme. Quiero conocerme mejor. Quiero saber qué me da miedo y sentarme a escucharlo. Quiero hacer espacio para el silencio sin sentir que pierdo el tiempo. Quiero resistirme a la lógica de productividad que me dice que si no mejoro, fracaso.

Vivimos en un mundo que se tambalea: guerras, injusticias, el cinismo de los poderosos. La inestabilidad global se cuela en lo cotidiano como humedad: no siempre la vemos, pero está ahí. Por eso el propósito más radical puede ser cuidar nuestra porción de mundo. Hacer bien nuestro trabajo. Ser amables. Reírnos cuando podamos. Plantar cosas, aunque sea en una maceta.

No se trata de ingenuidad, sino de una ética pequeña pero constante: hoy puedo elegir. No todo. No siempre. Pero algo. Puedo apagar el teléfono. Puedo respirar antes de responder. Puedo cuidar mi cuerpo sin odiarlo. Puedo crear belleza aunque el mundo arda.

Así que bienvenido, enero. No eres una promesa. Eres una pausa para mirar con honestidad y ternura. Y eso, aunque no parezca heroico, es un acto de resistencia.

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