Nigeria no se deja entender rápido. No porque sea caótica, (aunque si lo es un poco), sino porque no se ofrece en singular. Aquí nada es uno solo. No hay una identidad nacional que se imponga con claridad, hay capas, lenguas, memorias, tensiones, negociaciones constantes. Nigeria no es un país compacto, es una conversación permanente entre mundos que no siempre coinciden.
Desde fuera se habla de Nigeria como si fuera un problema a resolver, corrupción, violencia, petróleo, desigualdad. Desde dentro, Nigeria se vive como una práctica cotidiana de adaptación. La pregunta no es cómo funciona el sistema, sino cómo se vive a pesar del sistema. La antropología sirve justo para eso, para mirar lo que no aparece en los titulares.
Aquí emergen otras formas de orden, redes familiares, autoridades religiosas, jefaturas tradicionales, economías informales, son organización paralela. No es que el Estado haya fallado del todo, es que nunca fue el único marco de sentido.
Nigeria obliga a abandonar la idea de una modernidad lineal. Conviven tecnologías con lógicas cosmológicas antiguas sin que eso sea contradictorio. Una persona puede usar banca digital, rezar a los ancestros, negociar con un jefe tradicional y discutir política global en el mismo día. No hay esquizofrenia cultural, hay pluralidad ontológica.
La vida aquí está atravesada por una conciencia muy aguda de la incertidumbre y religiosa. No como ansiedad individual, sino como conocimiento práctico. La gente sabe que las cosas pueden cambiar rápido, que el dinero hoy no garantiza mañana, que la estabilidad es frágil. Por eso el presente pesa tanto. No es falta de planeación, es una forma distinta de relación con el tiempo.
Nigeria no pide ser idealizada, tampoco reducida al desastre. Pide ser pensada. Pensada sin prisas, sin categorías heredadas, sin la obsesión de clasificarla en éxito o fracaso. Nigeria no encaja bien en los mapas simples, y tal vez por eso incomoda.
Vivir aquí es una lección antropológica diaria. Te recuerda que el mundo no funciona bajo una sola lógica, que hay muchas formas legítimas de habitar la realidad, y que entender no es domesticar lo distinto, sino aprender a escucharlo sin traducirlo demasiado rápido.
Nigeria no es un país fácil. Pero es un país que obliga a pensar. Y eso, hoy, ya es mucho.
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